Anatomía del cameo

La otra noche participé en una discusión bastante singular sobre el origen y la naturaleza del cameo. Digo singular no solo por el tema, sino por los dos cerebros que analizaron la cuestión conmigo: el editor salmantino Fabio de la Flor, todo un IMDb humano y el también salmantino Carlos Therón, reconocido director que acaba de estrenar ‘Fuga de cerebros 2’ y que se encuentra rematando su última película, ‘Impávido’. El origen de la discusión fue, precisamente, el cameo de David Hasselhoff  en ‘Fuga de cerebros 2’.

Le pregunté a Therón por la desconocida historia de los cameos, su razón de ser y su nacimiento (lo hice recordando con algo de nostalgia la única vez que yo he tenido algo que ver con un cameo; se trataba de una breve aparición del actor Rhys Ifans en una comedia malísima –‘Kevin and Perry Go Large’. 2000- rodada en Ibiza. Ifans se había hecho muy famoso aquel año tras interpretar al memorable Spike en ‘Notting Hill’ y salía en la peli haciendo de DJ en una discoteca ibicenca. Yo hice de traductor durante parte del rodaje y fue junto a Ifans que me tomé mi primera cerveza, a los quince años).

Carlos Therón no estaba muy seguro de cuál podría haber sido el primer cameo, pero Fabio de la Flor tenía una propuesta: las apariciones de Alfred Hitchcock en sus propias películas. Therón no estaba de acuerdo; según él aquello no podía considerarse un cameo, ya que el cameo consistía en la aparición de un icono cultural que “no viene a cuento, no va a ningún lado, no aporta nada a la historia pero es perfectamente reconocible”. Los cameos de Hitchcock no podían llamarse cameos, argumentaba Therón, porque se trataba de apariciones en sus propias películas. El editor dijo que este detalle no tenía mucho que ver, que un cameo es un cameo lo haga Hitchcock o Leslie Nielsen –se produjo entonces un momento de silencio en el que recordamos al incombustible actor desaparecido– siempre y cuando lo reconozcas como cameo. La cosa se lió más todavía cuando sugerí, buscando una tercera vía, que cabía la posibilidad de aceptar los cameos de Hitchcock del mismo modo que aceptamos el de Hasselhoff pero de una forma retrospectiva; es decir, que Hitchcock, convertido hoy en icono cultural, en símbolo, en silueta, produce en sus películas, hoy, un efecto parecido al que produce Hasselhoff –salvando las distancias– en ‘Fuga de cerebros 2’. Por lo menos así se pusieron de acuerdo: ninguno de los dos estaba de acuerdo conmigo.

Si bien, al llegar a casa, me tranquilizó comprobar que, efectivamente, mi editor tenía razón –no sobre el origen de los cameos, que sigue siendo un misterio, sino sobre llamar cameos a las apariciones de Hitchcock– me sobrevino una especie de inquietud, un miedo abstracto de origen cameónico en forma de interrogantes: ¿Podemos ser nosotros protagonistas, en algún momento, de un cameo en nuestra propia vida? ¿Es la presencia del lejano primo Abdulio, en la cena de Nochebuena,  un cameo dentro de una tragicomedia para toda la familia? ¿Los cameos pueden ser realizados solo por personas físicas? ¿Puede un país realizar un cameo? ¿Es Gran Bretaña solo un cameo en la comedia de Europa? ¿Es por eso que su primer ministro se llama David Cameo? ¿Era yo, después de todo, la otra noche, solo un cameo de fiestero ibicenco dentro de una discusión de cultura salmantina?

Por Ben Clark

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Autor en 10/12/2011. Archivado en Destacados, Opiniones. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada

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