Seguir sentado, esperando que algún día, de algún modo, alguien arregle las cosas es como seguir alimentando al cocodrilo, confiando en que te devore a ti el último. Pero al final serás devorado.
Ronald Reagan
Las lágrimas italianas de la ministra Elsa Fornero son del cocodrilo del capitalismo. El cocodrilo, como bien saben, es una criatura prehistórica y feroz, conocida, sobre todo, por su afición a la traición, al engaño y su desconcertante longevidad, tan humana. Los cocodrilos son difíciles de matar y, por si alguien lo duda todavía, no, no lloran. ¿Veremos, en un futuro no muy lejano, a alguna recién estrenada ministra de Rajoy llorar por los inevitables recortes? No lo creo. Pero no estaría mal, oiga, que con una buena llorera casi todo se pasa y siempre es bonito, con la excusa que sea, recordar a los cocodrilos.
El problema principal que presenta el cocodrilo –según sus vecinos– es su casi increíble capacidad para aguantar la respiración bajo el agua. Se trata del animal con respiración pulmonar que más aguanta sumergido y puede llegar a estar hasta dos días bajo el agua, si procura no moverse. Economía sumergida y letal, esperando al acecho, inmóvil y expectante.
Ya que nos encontramos inmersos –hundidos– en la metáfora del cocodrilo quizá quieran recordar conmigo un pequeño cuento cocodrilesco. No es mío, sino de un joven prometedor llamado Fyodor Mikhaylovich Dostoyevsky. El cuento se llama, claro, ‘El cocodrilo’ y relata la terrible y verídica –según nuestra joven promesa– historia del funcionario Ivan Matveich, que fue engullido con vida por un cocodrilo durante la celebración de una feria. El cocodrilo en cuestión pertenecía a un simpático alemán que no quiso, pese a su simpatía, sacrificar al cocodrilo para liberar al pobre Ivan Matveich. El funcionario, que vive todavía dentro de la panza del bicho y es capaz de comunicarse con los habitantes del Mundo-de-Fuera-del-Cocodrilo, intenta convencer a un amigo de que le compre el saurópsido al alemán, para poder liberarse. No es posible llegar a un acuerdo y el desgraciado funcionario se ve obligado a vivir dentro del reptil, desde donde sigue trabajando, como puede. Vivir, irremediablemente, atrapado dentro del cocodrilo del capitalismo, a merced de los antojos de un alemán, su dueño. ¿Les suena el cuento?
Por Ben Clark
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Muy buen artículo. Un placer leerlo.