La posibilidad de una opinión

 Con demasiada frecuencia preferimos la comodidad de una opinión
a la incomodidad del pensamiento.

John F. Kennedy. 

Escribo hoy, un señaladísimo 20 de noviembre de 2011, el primero de una serie de textos que me gustaría publicar semanalmente en Diario de Salamanca. El director y yo hemos convenido que el mejor lugar para dejar sedimentar estas palabras será la sección de Opiniones. Así lo ha decidido el señor director guiado, sin duda, por la lógica, la prudencia y la experiencia. Pero hay una cosa que él no sabe; hace tiempo que no creo en las opiniones. Espere, no deje de leer todavía; no estoy en contra de las opiniones, ni siquiera lo estoy de algunas opiniones muy concretas de señores muy concretos –recuerdo aquí a mis amigos chilenos, al poeta Raúl Zurita y sus amenazantes ‘crampones de concreto’–. Verá, lo que ocurre es que no creo en la posibilidad de formular una opinión. El problema que veo no tiene tanto que ver con toda la información que ignoramos respecto a un fenómeno concreto que merece nuestra valoración sino con lo contrario: hoy, como le sucedía a mi tocayo el doctor Ben MacKenna en aquella película de Hitchcock, sabemos demasiado.

Esta sobredosis de información se la debemos, claro, a Internet y es por eso que he decidido empezar esta serie de artículos publicados en formato digital hablando del propio medio y de sus efectos sobre las malogradas opiniones. Internet es genial en el sentido de que es un genio. Lo sabe todo y puede calcularlo todo. Pero como muchos genios tiene serias dificultades para interactuar y, lo que es peor, para expresar sus ideas de una forma sencilla y ordenada. Por suerte existen, desde hace ya más de diez años, unos aliados también geniales: los buscadores. Como pescadores infatigables trabajan para nosotros mostrándonos sólo aquello que nos interesa. Estupendo ¿no? Así era, en efecto, hasta que los pescadores empezaron a sentarse con nosotros para cenar lo que habían pescado. Pero su intención es buena: nos acompañan para ver qué nos gusta, qué no, si hemos repetido algún plato y si le echamos o no limón a los calamares. No es muy molesto cenar con ellos porque no dicen nada. Miran mucho, eso sí, pero es fácil ignorarlos después de un rato y dedicarte con deleite a tus sardinas. Pero han tomado nota y la próxima vez que acudas a ellos te ofrecerán sólo aquello que comiste la última vez. Más sardinas. Ocurre con nuestra cuenta de Facebook, con nuestra cuenta de Google y con un número creciente de buscadores incrustados en redes sociales. ¿Censura? No necesariamente: resultados personalizados basados, sí, eso es, en las opiniones y en los gustos que ya hemos manifestado. Facebook, ante tanta información, muchas veces inabarcable, nos mostrará sólo las actualizaciones de las personas con las que solemos estar con contacto –por chat, poniendo ‘me gusta’ en sus fotos, etc–. Google no sólo nos mostrará unos resultados dependiendo de las palabras clave que hayamos introducido con anterioridad en ese ordenador, sino que tendrá en cuenta el lugar desde el que consultamos, el navegador que usamos, si estamos utilizando un Mac o un PC y otras cincuenta factores más antes de darnos un resultado –sí, cincuenta – . Todo esto es para ofrecernos información que nos interese y agrade.

Imagino que ahora empieza a ver por qué no creo en las opiniones. La información a la que acudimos para poder conocer un tema, un hecho, un fenómeno o una historia; la información en la que se basará nuestra opinión, depende mucho más de lo que podríamos creer de unas opiniones y de unos gustos que ya teníamos. Éstos, a su vez, se han construido sobre opiniones moldeadas con más información moldeada por opiniones que… Está claro que esto no sucede así del todo y que contamos, todavía, con muchas fuentes que van desde los libros a la experiencia, pasando por los amigos y los años. Pero somos cada vez más los que habitamos el ciberespacio durante muchas horas y es importante llamar la atención sobre lo difícil que es, pese a lo que pueda parecer, saber de qué estamos hablando. Yo tampoco sé muy bien de qué estaba hablando. Ah sí, de opiniones. Pues eso, que no creo que sea posible tenerlas, en mi opinión.

Ben Clark

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Autor en 23/11/2011. Archivado en Opiniones. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada

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